miércoles, 2 de febrero de 2011

Santuario

Hacía ya un tiempo que no me decidía a colgar una nueva entrada en La Voz en Off. La demora se ha debido, principalmente, a la falta de tiempo y de recursos literarios que merezcan la pena. No obstante, les pido disculpas por el retraso.

Santuario es la cuarta aventura de nuestra ya conocida amiga Ligeia, que sigue tropezando periódicamente con sucesos extraños que sólo le pueden pasar a ella o que sólo ella entiende del todo. Es como Harry Potter: no anda por la vida buscando líos; son los líos los que la buscan a ella.
Es posible que muchos de vosotros no conozcáis el cuento de Los muyins, de Elsa Bonermann; perteneciente a una colección de doce relatos de terror titulada ¡Socorro!. Es un cuento de terror destinado, como toda la colección, a un colectivo preadolescente y, como tal, no da suele inspirar verdadero miedo a personas que tengan ya una cierta edad.

Sin embargo, su lectura me resultó bastante atrayente y escalofriante en su día, y hacía ya tiempo que venía esperando la oportunidad de hacer referencia a estos monstruos legendarios japoneses en alguno de mis relatos. La ocasión se me presentó hace ya un tiempo, cuando quise reinterpretar el mito latino del genius loci.

El genius loci (en latín, «genio del lugar») es supuestamente un espíritu protector de un lugar, generalmente un paisaje. En el relato Genius loci, de Clark Ashton Smith, el espíritu es un ser vampírico, maligno, que embruja y devora a los que se adentran en su dominio. Pero en este relato, esa especie de poder incorpóreo es, a pesar de que pueda no parecerlo en un principio, benigno. Sólo gracias a él y a su extraña manera de proteger a aquellos que le son confiados, nuestra protagonista se salva del misterioso destino que sufren los demás personajes; aunque, como suele suceder en la vida real, descubrirá su error demasiado tarde…o, tal vez, demasiado pronto.

El tercer elemento que predomina en este relato es de sobra conocido por muchas personas, no todos ellos autores de relatos románticos o góticos: la soledad. ¿Quién no ha sentido alguna vez esa soledad terrible que es estar solo entre la gente? ¿Quién no se ha sentido angustiado cuando un amigo, sin razón aparente, ha esquivado su mirada o evitado hablarle?

A todas las personas que alguna vez se han sentido así, sean quienes sean y de donde sean, les dedico este relato.

SANTUARIO

Ligeia se despertó de golpe, ahogando un grito. Tardó unas décimas de segundo en darse cuenta de que, en lugar de estar tumbada en una cama, estaba sentada en una silla de madera junto a la ventana cerrada de su habitación. Con una velocidad de reacción que la sorprendió a ella misma, apoyó la mano en el suelo para no hacerse daño al caer. El movimiento brusco hizo que todos sus apuntes de Terminología, junto con su cuaderno y su estuche, cayeran al suelo alrededor del escritorio. Ligeia se incorporó, con un bufido de disgusto: el suelo de su habitación estaba ahora cubierto por una alfombra de folios blancos y cuadriculados llenos de garabatos, esquemas y abreviaturas escritas con lápiz y tinta azul; decorada con un revoltijo de gomas de borrar, bolígrafos de colores y diverso material de escritorio. La joven observó, entre fascinada y alarmada, cómo su preciosa pluma plateada se balanceaba peligrosamente al borde del escritorio, a punto de dar con el frágil plumín contra las duras losas de gres. Apresuradamente, la recogió y la tapó. Con un suspiro, se recostó en la silla y se cubrió los ojos con la mano. Intentó recordar lo que había soñado. Una vaga sensación de terror empañaba aún los escasos retazos de recuerdos, que empezaban a disiparse como jirones de niebla. Antes de que hubiera conseguido retener las últimas imágenes que se escapaban de su memoria consciente, sonó su teléfono móvil. Lo cogió lo más rápido que pudo, mascullando entre dientes.

―¿Sí?

―¿Hola? Soy Caleb. ―contestó una voz grave al otro lado de la línea.

―Buenas noches, Caleb ―replicó ella, con un tono más ácido del que en realidad pretendía―¿Qué querías?

― Lo siento, mujer―contestó él, disculpándose―. Te llamaba para decirte que mañana voy a pasar por Granada de camino al aeropuerto. Y si quieres, puedo pasarme por tu piso para enseñarte lo que acordamos.

Ligeia meditó unos instantes.

―De acuerdo. ¿Sabes dónde vivo ahora?

―Sí, me lo dijiste por Facebook.

―Entonces está hecho. Ven por la mañana, me quedan pocas clases y estaré aquí pronto; avisaré al dueño para que sepa que vienes.

―Pues nos vemos mañana. Buenas noches.

―Igualmente.

Nada más pronunciar esta última palabra colgó el teléfono, furiosa. Miró a su alrededor, a su habitación sembrada de apuntes de Terminología. En la mesilla de noche, su despertador marcaba las tres de la mañana.

«Dios santo. ¿Se puede saber qué clase de vida lleva este hombre? Aunque esté mal que yo lo diga».

Caleb era un amigo de una de sus ex compañeras de residencia, una buena amiga suya que le había hablado alguna que otra vez de su afición a la lectura y de sus relatos cortos de terror. Hacía unas semanas, la había telefoneado para proponerle realizar un trabajo conjunto; algo que la joven encontraba, al contrario que su socio en potencia, bastante fuera de sus posibilidades como escritora aficionada.

De pronto, sin previo aviso, sintió una sensación de vértigo y un repentino deseo de huir de la habitación. Su corazón palpitó dolorosamente. Ligeia se inclinó sobre sí misma y trató de controlar su respiración y de pensar con frialdad.

Hacía ya varios meses que había dejado de sufrir ataques de pánico recurrentes; pero aún había ocasiones en las que, sin previo aviso, los fantasmas regresaban para atormentarla. Sin embargo, no podía sorprenderse, se decía a sí misma a menudo. Con el transcurso de los meses, había empezado a dar por sentado, casi a asumir, que aquel trastorno era prácticamente incurable. Que tendría que acostumbrarse a que su desbocado instinto de supervivencia se encabritara como un caballo salvaje en las situaciones más insospechadas y zarandeara su cuerpo a su antojo durante diez minutos que se antojaban horas antes de regresar dócilmente al último rincón de su inconsciente. Ahora, agradablemente sorprendida, descubría que aquella había sido, curiosamente, la clave de su lenta recuperación. Aquel trastorno de pánico la había hecho crecer, de algún modo. Se había vuelto más madura, más prudente, como suele suceder a aquellos que en un determinado momento de su vida, descubren que son mortales. Los ataques de pánico comenzaron a hacerse más soportables, a durar cada vez menos. Su vida se transformaba poco a poco; y los cambios se reflejaban cada vez más en ella misma.

Mientras su cuerpo recuperaba poco a poco la normalidad, Ligeia se levantó de la silla y comenzó a recoger sus apuntes y el contenido de su estuche desperdigado por el suelo.

Ciertamente, había cambiado en los últimos meses, de un modo casi imperceptible; pero evidente, para aquellos que la conocían bien. Un buen día se dio cuenta de que la bulliciosa residencia femenina de Gonzalo Gallas no podía seguir siendo su hogar. Aunque el lugar no había cambiado en los dos años que ella había pasado allí, había empezado a sentirse extraña en aquellas habitaciones: las paredes parecían mantenerla atada al suelo, cuando ella sentía unas ansias indescriptibles de desplegar su alma y alzar el vuelo hacia la aventura. Adentrarse en lo desconocido, en busca de un nuevo lugar; un lugar en el que aquella Ligeia adulta pudiera sentirse en casa.

Así fue como se mudó a aquel pequeño rincón a los pies de Cartuja, a la nueva dirección que le había dado a Caleb y a sus ex compañeras de residencia. Aquella nueva habitación, más grande y luminosa, la había acogido amorosamente, como si la hubiera estado esperando desde siempre. Sus nuevos compañeros y compañeras la aceptaron sin reservas, haciéndola sentirse cómoda y querida; y, en menos de medio mes, ya se había mimetizado con el resto de la residencia. En especial con su habitación.

En aquella habitación, que iba decorando poco a poco a su gusto, había pasado horas y horas, incluso noches enteras en vela, leyendo, estudiando, charlando y riendo. En aquel pequeño rincón a los pies de Cartuja había cerrado una puerta a su espalda para abrir otra ante ella: había vuelto a encontrar su lugar.

Sin embargo, había veces que tenía miedo a aquella habitación y a quedarse a solas dentro. Algunas noches se desvelaba de madrugada y se descubría sintiendo que el techo se desplomaba sobre ella, o temiendo una presencia invisible flotando a su alrededor, dentro de aquellos muros. Por esta razón, solía dormir con la puerta abierta, para disminuir la sensación de encierro.

Pero aquella noche era diferente. La residencia en pleno se había volcado en los exámenes cuatrimestrales, que habían comenzado hacía poco, y ella no era una excepción. Su examen más duro, el de Terminología, requería una especial concentración y una comprensión completa si se quería avanzar un poco en la materia; así que ella había recuperado el viejo hábito que había adquirido en su primer curso de cerrar la puerta de su habitación para pasar a limpio sus apuntes mientras oía música. Pero el programa musical que solía escuchar había terminado a media noche y ella había apagado la radio. Unos minutos después, agotada, se había desplomado sobre sus apuntes. No era de extrañar, pues, que hubiera tenido sueños extraños, fugaces pero llenos de sombras. Ahora, no obstante, estaba completamente despejada; y el sueño se iba difuminando hasta desaparecer, junto con el repentino ataque de ansiedad. Y la sensación de amenaza, lejos de remitir, se hacía cada vez más fuerte.

Mientras ordenaba de nuevo sus apuntes y empezaba a guardar sus lápices en el estuche para reiniciar su sesión de estudio a una hora más propicia, cuando su cerebro estuviera en mejor estado, Ligeia seguía intentando recordar qué había soñado. Pero la única escena que permanecía en su mente era la imagen de un cuervo posado silenciosamente al otro lado del cristal de su ventana, observándola fijamente, con el pico ensangrentado y los ojos llenos de malicia.

El cuervo, pensaba la joven. Qué extraña casualidad, si es casualidad.

Ligeia no era especialmente supersticiosa. Aún en aquellos accesos de pavor irracional, aquellos diez minutos durante los que perdía momentáneamente el control de su propio cuerpo, había una sombra de raciocinio, un razón extraña pero lógica.

Pero si había algo en su mente, en el centro mismo de su alma, en el más recóndito rincón de su inconsciente a lo que no conseguía encontrar una explicación remotamente racional era a la figura tenebrosa, casi diabólica, de aquel cuervo.

Cada vez que aquella imagen cruzaba su mente de forma repentina, cada vez que oía su seco y agudo graznido o creía adivinar sus ojos rojos brillando en la oscuridad, se sucedían las desgracias a su alrededor. Y cada vez que tenía una visión fugaz de algo ocurrido hacía tiempo o aún por ocurrir, intuía en las calles de la Granada antigua las sombras de los que pasaron por allí siglos antes que ella o se anticipaba a las palabras que le dirigían en una conversación, no podía evitar sentir de nuevo la punzada de dolor en la vieja herida de su muñeca, recordar el agresivo olor a fuego de aquella madrugada y el terrible sonido del viento del norte aullando a su alrededor.

Y esa noche, ya pasados casi dos años, había soñado con el cuervo.

En ese momento, algo dentro de ella se puso en tensión. No sabía qué era. Pero sabía que había algo que no iba bien. Al cabo de unos segundos, se dio cuenta de qué era lo que ocurría: el tranquilo tic-tac del reloj había dejado de sonar. El reloj se había quedado parado en las tres de la mañana. Ligeia contuvo la respiración unos segundos, aguzando el oído.

Nada. Sólo el sonido de la lluvia abundante cayendo sobre los adoquines, y el sonido de algún trueno ocasional sobre las colinas de Granada y las calles desiertas.

De pronto, la luz de la habitación se apagó; y Ligeia permaneció unos segundos más en silencio, sumida en una completa oscuridad. Sólo el sonido lento y fuerte de su corazón parecía eclipsar la canción de la lluvia y el rugido gutural de los truenos. Temblorosa, la joven empezó a respirar de nuevo. La sensación de alarma seguía allí, como un monstruo expectante que espera el momento idóneo para manifestarse. Asustada, volvió a notar la angustia tomando forma dentro de ella.

«No es que no se oiga a nadie. Es que no se oye ningún sonido que pueda ser producido por el hombre en kilómetros a la redonda. Es como si el ser humano hubiera desparecido de la Tierra».

No, no podía ser. Era otro de los delirios de su inconsciente inestable e indómito. Pero lo cierto es que, de pronto, tenía frío; como si la temperatura hubiera descendido varios grados. Tuvo la extraña y siniestra sensación de que no estaba sola en la habitación, de que había algo encerrado con ella en la oscuridad, observándola en silencio desde las sombras. Al cabo de unos segundos, comenzó a tranquilizarse de nuevo y, despacio, se deslizó en silencio hacia la puerta de la habitación.

Algo en su interior le advertía que no intentara encender la luz. Su instinto de supervivencia, aún a flor de piel, era como un pensamiento frío y severo recorriendo sus neuronas.

«Conoces el edificio», decía. «Y, si enciendes la luz, podrá verte»

Ligeia no entendía a qué venía aquello. Ella sabía perfectamente que la puerta y la ventana habían permanecido cerradas desde dentro durante toda la noche. No había podido entrar nadie. Y aquello no bastaba para tranquilizarla.

Palpó con las manos la superficie de madera seca de la puerta, hasta que encontró el picaporte. Intentó girarlo, pero estaba, efectivamente, cerrado; como si la cerradura estuviera trabada con hormigón.

Buscó con los dedos la pequeña llave del seguro. Pero sólo encontró la lisa superficie metálica del picaporte, como si el mecanismo del seguro no hubiera existido nunca. Estaba encerrada.

Tardó unos segundos en darse cuenta de lo que esto significaba. Luego, lentamente, la invadió de nuevo la sensación de vértigo.

«No. Ahora no, por favor. No ahora que nadie puede contactar conmigo…»

« ¡Pues claro, el móvil!»

Regresó rápidamente junto a la mesa, tratando de recordar el lugar exacto donde había dejado su teléfono móvil. No era una luz muy fuerte, pero sería suficiente para permitirle ver en la oscuridad absoluta que la rodeaba y sentirse más tranquila. Lo abrió, impaciente. Pero la pantalla luminosa estaba completamente apagada. Ligeia soltó un débil gemido.

Aquel silencio le pesaba en los oídos, y era tan amenazante como la propia oscuridad. Y tampoco se atrevía a romperlo: si llamaba a sus compañeras de residencia, si gritaba para pedir ayuda, podría ocurrir algo terrible. Estaba sola, a merced de sus propios demonios. La habitación se había convertido, en apenas unos minutos, en una prisión inaccesible e inviolable; y no tardó en empezar a sentir que sus pensamientos se perdían en la negrura y que el silencio y la oscuridad la asfixiaban.

Desesperada, optó por acercarse a la ventana y subir la persiana. Así, al menos, entraría un poco de luz de las farolas de la calle. Y desaparecería la sensación de estar encerrada entre cuatro paredes inamovibles.

Dio un respingo al oír el sonoro crujido de la persiana al alzarse; y permaneció unos segundos conteniendo el aliento, esperando alguna reacción de algo…pero el silencio no se rompió. Nadie llamó a la puerta de la habitación ni se movió detrás de ella. Poco a poco, reunió valor para espiar subrepticiamente desde detrás de las cortinas, apartándolas a penas. Afuera, las farolas también se habían apagado, y los ojos de Ligeia tardaron unos segundos en acostumbrarse a la aterciopelada penumbra que reinaba en las calles. Las espesas nubes de tormenta se cernían sobre la Granada antigua y el campus de Cartuja; y la poderosa luz de los rayos surcaba el cielo a intervalos cada vez más cortos. El retumbar de los truenos hizo temblar los cristales de las ventanas, y la lluvia arreció hasta convertirse en una densa cortina de cristal y plata líquida, gélida como un abrazo de hielo. Las superficies empapadas resplandecían bajo los relámpagos con una luz lívida licuada.

Ligeia observaba el espectáculo, sobrecogida y fascinada; hasta que un sonido duro y siniestro la sacó súbitamente de su contemplación: el graznido seco e inconfundible de un cuervo.

Una silueta alta y oscura, envuelta en una sombría capa que ocultaba sus rasgos y sus formas, cruzó el velo de lluvia deslizándose en silencio sobre los adoquines. Ligeia observó, con un escalofrío, como la oscura y andrajosa capa flotaba suavemente alrededor de la vaporosa figura, etérea y volátil como un jirón de niebla. El ser se detuvo de repente, justo bajo su ventana; y levantó la vista hacia ella.

Ligeia sintió que se le helaba la sangre en las venas. Lentamente, cubriéndose la boca con las manos, se dejó caer poco a poco hasta tumbarse en el suelo, a la sombra de su escritorio, dando la espalda a la ventana. No quería ver su rostro. No quería descubrir, entre las sombras de la capucha, el resplandor sanguinolento de los ojos del cuervo. Abrazándose a su propio cuerpo, conteniendo un sollozo, comenzó a rezar en silencio. La feroz oleada de fuego se extendía por sus venas, y su corazón latía desbocado. Casi podía notar cómo, a su espalda, la siniestra figura se elevaba en el aire y flotaba hasta su ventana; para atisbar entre las cortinas con sus ojos crueles, buscando aquella lastimosa figura tendida en el suelo, desamparada en aquella habitación cerrada, enferma de terror…

Pero el golpe repentino no llegó. Lentamente, la realidad comenzó a deshacerse a su alrededor; mientras las palabras de la silenciosa plegaria iban fundiéndose poco a poco en un perfume embriagador, suave y denso (familiar y tranquilizador) que la arrastraba lentamente a una dulce inconsciencia.

* * *

Las primeras luces del día la encontraron así, tendida en el suelo, en postura fetal. Cuando comenzó a despertar, se preguntó qué hora podía ser; y cómo era posible que le doliera tanto todo el cuerpo y que tuviera tanto frío. Poco a poco fue regresando al mundo de la vigilia; pero no conseguía recordar lo ocurrido la noche anterior, excepto la imagen de la fantasmagórica figura que había visto paseando por las calles empapadas por la lluvia y la conciencia desesperante de estar encerrada en su habitación. El reloj seguía parado en las tres de la mañana.

El día amanecía frío y gris; pero, aunque la luz del sol apenas podía traspasar el denso manto de nubes húmedas de color perla, Ligeia nunca se había alegrado tanto de que hubiera llegado la mañana. Inconscientemente, echó una rápida mirada hacia la puerta cerrada. No pudo evitar dar un respingo: la llave del seguro había aparecido de nuevo en el picaporte, como si siempre hubiera estado allí. Ligeia la accionó, desconfiada. Funcionaba. Abrió la puerta, despacio, y salió al pasillo.

La residencia parecía no haberse inmutado tras los extraños sucesos acaecidos durante la noche. La luz del pasillo estaba encendida, como siempre. Y se oían algunos sonidos en las habitaciones que indicaban que había vida en ellas. Ligeia, gratamente sorprendida, recogió las llaves de la habitación y fue a tomar el desayuno.

Era un día de otoño como cualquier otro. Ligeia se tomó unas tostadas y un vaso de leche caliente con cacao que la hizo sentirse mejor; y luego volvió al piso a tomar una ducha que la ayudara a desentumecer los músculos, aún ateridos por el frío y la noche pasada en el duro suelo desnudo. Luego volvió a la habitación y se preparó para ir a clase, como había hecho todos los días desde que vivía allí. Salió a la calle y se encaminó hacia el Palacio de las Columnas, como había hecho todos los días desde que vivía allí. Cruzó la Granada decimonónica, como había hecho todos los días desde que vivía allí. Y sin embargo, a cada paso que daba, el terror latente que la había visitado durante la noche volvía a crecer dentro de ella. El aire fresco con olor a lluvia y las nieblas que velaban las calles adoquinadas parecían extrañamente corrompidos, como empañados por una sombra invisible.

El extraño silencio que se había apoderado del mundo en la madrugada seguía flotando como un eco en sus oídos. Se cruzó con cientos de personas en cada calle: madres y padres que llevaban a sus hijos a la escuela, tenderos que abrían sus negocios, ancianos que bajaban a comprar el periódico. Ninguno de ellos dirigió a otro un simple saludo. Ninguno de ellos habló ni la miró de frente. Si alguien venía caminando hacia ella, agachaba la mirada y daba un rodeo para evitarla.

La joven llegó a clase con un poco de retraso. Entró en el aula discretamente y se sentó en la última fila; y sacó su cuaderno y su estuche para tomar apuntes. La profesora, de espaldas a la clase, dibujaba en la pizarra un complejo sistema conceptual y los alumnos tomaban apuntes en silencio. Ligeia comenzó a sentirse mal. El recelo y la sospecha se transformaron, a medida que avanzaba la clase, en una angustia demoledora.

Sus compañeros no hablaban ni hacían comentarios sobre el esquema que la profesora estaba dibujando en la pizarra, ni levantaban la mano para hacer preguntas; y la profesora no explicaba ni pedía voluntarios para explicar el sistema conceptual al resto de la clase. Simplemente, añadía ramas y ramas al inmenso árbol invertido mientras los alumnos copiaban en sus cuadernos de apuntes.

Ligeia se sentía como si fuera la última criatura dotada de voz humana que había sobre la faz de la tierra. La sensación de angustia era como una garra de acero apretándole la garganta, y el silencio mortal hería sus oídos. Se descubrió a sí misma deseando desesperadamente que la profesora le regañara por haber llegado tarde, como si estuviera aún en secundaria, o que sus compañeros se dieran la vuelta con disimulo, la miraran subrepticiamente y se rieran a media voz de su pelo rizado o de su falda larga hasta el tobillo. Deseaba, que alguien la mirara y hablara en voz alta. Deseaba, necesitaba ver un rostro humano, oír una voz humana.

En ese momento comenzó a sentir un insoportable picor en la garganta. Se contuvo todo lo que pudo, temerosa de romper ella misma aquel silencio mortal que llenaba el aula, que comenzaba a ser tan denso que le impedía respirar. Finalmente, sufrió un incontenible ataque de tos.

Todos sus compañeros, así como la profesora, se dieron la vuelta para mirarla.

La angustia se convirtió en hielo. Y el hielo se fundió poco a poco en un terror asolador.

Ninguno de los presentes en el aula tenía rostro. Sus caras eran completamente lisas e inexpresivas, como sombras en la oscuridad.

Un susurro ominoso empezó a emanar de aquellos seres; un sonido extrañamente lejano, como si llegara desde las profundidades de una cueva. Todos ellos se levantaron al unísono y la cercaron lentamente.

Aterrorizada, Ligeia escapó precipitadamente del aula saltando sobre los bancos de madera. Corrió por el pasillo ancho y luminoso del Palacio de las Columnas, intentando alejarse lo todo lo posible de aquellas criaturas. A su paso, todos los profesores y alumnos se volvían para mirarla, revelándole un mar de rostros vacíos.

La joven salió del edificio y corrió por las calles. Cada persona con la que se encontraba volvía hacia ella su cara completamente lisa y el susurro de ultratumba de su voz se unía al horror que la seguía.

Llegó a su habitación en la residencia, abrió la puerta con manos temblorosas y entró, antes de cerrarla con llave a su espalda.

La habitación, amplia y luminosa, tenía el mismo aspecto de siempre. De pronto se sintió más tranquila, a salvo. Era como si las paredes que se cerraban a su alrededor la protegieran de la inmensidad del mundo, como si la oscuridad y el silencio de la madrugada anterior hubieran sido un misericordioso velo de sombras que la ocultara a los ojos de la extraña criatura encapuchada y del hechizo que había fulminado la ciudad.

De pronto alguien llamó a la puerta.

― ¡Dejadme en paz!―gritó, al borde de las lágrimas― ¿Qué queréis de mí? ¡Yo no os he hecho nada!

― ¿Ligeia?―respondió una voz masculina y familiar―Soy yo. He venido por lo que habíamos acordado.

La joven suspiró, aliviada, y entreabrió la puerta. El pasillo estaba desierto a excepción de Caleb, que la miraba con curiosidad. Ligeia salió de la habitación y corrió a su encuentro.

― ¿Qué te ha pasado? ¡Estás blanca como el papel!

―Dios mío, Caleb, ha sido horrible― susurró, temblorosa―. Anoche me quedé encerrada en mi habitación…gracias a Dios. Porque pasó algo raro; no sé qué, porque yo estaba a salvo encerrada bajo llave…y esta mañana he ido a clase y todos se han convertido en muyins.

― ¿Muyins? ¿No eran esos monstruos sin cara?― preguntó Caleb, con un tono extraño.

― ¡Sí, esos son! Lo he pasado fatal, Caleb…

―Pero… ¿Cómo eran esos muyins? ¿Así?

Ligeia paladeó el sabor del miedo, y un escalofrío le recorrió la espalda. Quiso moverse, pero era como si sus piernas ya no obedecieran los mandatos de su cerebro.

El rostro amigable de Caleb se había convertido en otra máscara vacía; que se inclinaba sobre ella, apretándole las muñecas como un torno de acero helado.

― ¡Ven a nosotros, vidente! Ya no tienes protección que te ayude a escapar… ¡Eres nuestra!

La sensación de frío se extendió por el cuerpo de Ligeia, mientras el ser aproximaba su rostro vacío al suyo. La voz del ser era semejante al graznido seco del cuervo que había aparecido en sus sueños; y su vieja herida latió de dolor. Un aire gélido penetró en sus pulmones y se clavó en su pecho como mil puñales de hielo.

Y ella caía a través de una oscuridad sin fondo, atrapada por el abrazo gélido de la criatura que la arrastraba inmisericordemente a negrura, fría y tenebrosa como la muerte…

* * *

Ligeia se despertó de golpe, ahogando un grito. Tardó unas décimas de segundo en darse cuenta de que, en lugar de estar tumbada en una cama, estaba sentada en una silla de madera junto a la ventana cerrada de su habitación. Con una velocidad de reacción que la sorprendió a ella misma, apoyó la mano en el suelo para no hacerse daño al caer. El movimiento brusco hizo que todos sus apuntes de Terminología, junto con su cuaderno y su estuche, cayeran al suelo alrededor del escritorio. Ligeia se incorporó, con un bufido de disgusto: el suelo de su habitación estaba ahora cubierto por una alfombra de folios blancos y cuadriculados llenos de garabatos, esquemas y abreviaturas escritas con lápiz y tinta azul; decorada con un revoltijo de gomas de borrar, bolígrafos de colores y diverso material de escritorio. La joven observó, entre fascinada y alarmada, cómo su preciosa pluma plateada se balanceaba peligrosamente al borde del escritorio, a punto de dar con el frágil plumín contra las duras losas de gres. Apresuradamente, la recogió y la tapó. Con un suspiro, se recostó en la silla y se cubrió los ojos con la mano. Intentó recordar lo que había soñado. Una vaga sensación de terror empañaba aún los escasos retazos de recuerdos, que empezaban a disiparse como jirones de niebla. Antes de que hubiera conseguido retener las últimas imágenes que se escapaban de su memoria consciente, sonó su teléfono móvil. Lo cogió lo más rápido que pudo, mascullando entre dientes.

―¿Sí?

―¿Hola? Soy Caleb. ―contestó una voz grave al otro lado de la línea.

―Buenas noches, Caleb ―replicó ella, con un tono más ácido del que en realidad pretendía―¿Qué querías?

― Lo siento, mujer―contestó él, disculpándose―. Te llamaba para decirte que mañana voy a pasar por Granada de camino al aeropuerto. Y si quieres, puedo pasarme por tu piso para enseñarte lo que acordamos.

Ligeia meditó unos instantes.

―De acuerdo. ¿Sabes dónde vivo ahora?

―Sí, me lo dijiste por Facebook.

―Entonces está hecho. Ven por la mañana, me quedan pocas clases y estaré aquí pronto; avisaré al dueño para que sepa que vienes.

―Pues nos vemos mañana. Buenas noches.

―Igualmente.

Nada más pronunciar esta última palabra colgó el teléfono, furiosa. Miró a su alrededor, a su habitación sembrada de apuntes de Terminología.

En ese momento tuvo el presentimiento de que ya había vivido aquella situación.

Empezó a recoger sus apuntes lentamente y a soltarlos ordenadamente sobre el escritorio.

La voz de Caleb aún parecía resonar en sus oídos. Por alguna razón, aquella voz le había resultado extraña y aterrorizadora, a pesar de que era la voz que tenía siempre; y nunca la había asustado.

Poco a poco, las escenas del sueño se reconstruyeron en su mente; mientras seguía recogiendo uno a uno sus folios con apuntes de Terminología. Las manos le temblaban cada vez más.

De pronto, un silencio mortal llenó la habitación y se propagó por su mente como un pensamiento. La joven permaneció quieta, sin emitir el más mínimo sonido, tratando de averiguar qué era lo que había pasado: el reloj de su mesita de noche se había parado.

Ligeia palideció, sintiendo que la oleada de fuego del pánico se propagaba por su cuerpo.

No necesitaba darse la vuelta para mirar la hora.

Sabía que eran las tres de la mañana.